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viernes, 29 de julio de 2011

LA VERDADERA HISTORIA DE “EVASIÓN O VICTORIA”

En la la película “Evasión o Victoria; recordareis que se trata de un campo de concentración nazi en el que quieren organizar un partido alemanes contra presos para humillarles en la Francia ocupada y en la que los aliados idean la forma de escaparse en el descanso del partido, más o menos. La película está bien así que si tenéis ocasión lo mejor que podéis hacer es verla.

Tenemos que saber que John Huston se baso en hechos reales para su realización. En dicha película actuaron entre otros: Michael Caine, Max Von Sydow, futbolistas reales como Ardiles o Pelé entre otros y un Slivester Stallone haciendo el papel de un penoso portero protagonista.

Ya que hablamos de porteros el que inicio toda la epopeya del inicio de la historia real fue un guardameta. Todo paralelismo con la película se basa solamente en los partidos de fútbol y la ocupación nazi, ya que en la vida real al contrario que en la película el final no es tan feliz.

El 19 de septiembre de 1941 Kiev fue ocupada por el ejército nazi. Durante los meses siguientes llegaron a la ciudad cientos prisioneros de guerra liberados, a los que no se permitía trabajar ni vivir en casas, por lo que se veían abocados a la indigencia. Entre aquellos soldados desnutridos estaba Nikolai Trusevich, portero del Dinamo de Kiev.

Josef Kordik, un panadero de origen alemán, reconoció a su ídolo nada más verlo: el gigante Trusevich. Se saltó la ley y lo contrató. Y le encargó encontrar a sus compañeros, a los que fue ocupando en la panadería. Hasta allí llegaron también tres futbolistas del Lokomotiv. Así nació el FC Start.

El 7 de junio, jugaron su primer partido. Pese a estar famélicos y haber trabajado de noche, vencieron 7-2. Su siguiente rival fue el equipo de una guarnición húngara: 6-2. Luego le metieron once a un conjunto rumano. La cosa se puso seria cuando el 17 de julio ganaron 6-0 a un equipo del ejército alemán. Ocho días después, al MSG húngaro (5-1). Y más tarde, 3-2 en la revancha.
El 6 de agosto, convencidos de su superioridad, los alemanes prepararon un equipo con miembros de la Luftwaffe, el Flakelf. El Start venció 5-1. El 9 de agosto se anunció la revancha, en el repleto estadio Zénit (Ucrania). La leyenda dice que antes del choque, un oficial de las SS entró en el vestuario ucranio y dijo en ruso: “Soy el árbitro, respeten las reglas y saluden con el brazo en alto”. Ya en el campo, los futbolistas del Start (camiseta roja y pantalón blanco) alzaron el brazo, pero se lo llevaron al pecho y en lugar de gritar ¡Heil Hitler!, corearon “¡Fizculthura!”, un eslogan soviético que proclamaba la cultura física. Los alemanes (camiseta blanca y pantalón negro) marcaron primero, pero el Start llegó al descanso ganando 2-1.

Hubo una segunda visita al vestuario, donde tan solo se les indico que “nuestro equipo nunca fue vencido en territorios ocupados”. No hacía falta más, la amenaza estaba ahí, pero salieron. Con 5-3 a su favor, Klimenko regateó al portero y cuando todos esperaban el gol, se dio la vuelta y chutó hacia el centro del campo. El estadio se vino abajo.


Es necesario decir, que a pesar de la verosimilitud de la historia, los detalles del partido no se han podido constatar históricamente, pues no hubo acta arbitral al respecto. El grito de “¡Fizculthura!”, las amenazas en el vestuario, el “no-gol” de Klimenko… son detalles que alimentan la leyenda pero que caminan en la fina línea entre la historia y la propaganda. Dejo a elección del lector, la carga de verosimilitud de los hechos.

Como si nada hubiera ocurrido, el Start ganó días después al Rukh (8-0). Pero tras el partido, la Gestapo visitó la panadería. El primero en morir torturado en comisaría fue Kortkykh. Los demás arrestados fueron enviados al campo de Siretz. Allí, como respuesta a un ataque de la resistencia, mataron a Kuzmenko, Klimenko y Trusevich, que cuentan que murió con su camiseta de portero puesta y gritando: “¡El deporte rojo nunca morirá!”. Goncharenko, Tyutchev y Sviridovsky, que no estaban en la panadería, sobrevivieron escondidos hasta la liberación de Kiev en noviembre del 43. El resto se esfumó en el caos de la guerra.
Los 14 héroes. De memoria: "Trusevich, Klimenko, Sviridovsky, Sukharev, Balakin, Gundarev, Goncharenko, Chernega, Komarov, Korotkikh, Putistin, Melnik, Timofeev, Tyntchev". Ellos, jugadores escogidos del Dinamo y del Lokomotiv de Kiev, cayeron prisioneros tras la invasión nazi de 1941: en plena "Blitzkrieg", la Guerra Relámpago de la Wehrmacht. En el verano de 1941, casi un millón de soldados del Ejército Rojo cayeron prisioneros en las grandes batallas de embolsamiento cercanas a Kiev. Fue la mayor victoria de las tropas alemanas en los primeros meses de la invasión de la URSS.

Ésta es la historia del ‘Partido de la Muerte’, según recoge Andy Dougan en su libro Dynamo. Eduardo Galeano asegura que fueron fusilados “con los equipos puestos, en lo alto de un barranco”. John Huston se inspiró en la historia para rodar Evasión o Victoria. Hizo lo que no se atrevió el destino: salvar a los héroes.

sábado, 25 de diciembre de 2010

MOACYR BARBOSA, EL PORTERO MALDITO

Desde que el fútbol naciera como deporte no se recuerda que una persona pagase un precio tan alto por encajar un gol como el que fue obligado a saldar Moacyr Barbosa.


Moacyr Barbosa fue uno de los mejores porteros de la historia del fútbol. Hoy nadie lo conoce. Pero así fue. Su amplio palmarés le avala. Barbosa era reconocido en los años 40 como el mejor arquero de su tiempo. Defendió prácticamente durante toda su carrera la portería del Vasco de Gama, y aún hoy, es el jugador que más títulos ha conquistado con la ‘cruzmaltinha’. Pero su vida dio un vuelco de 180 grados en el estadio nacional de fútbol “Jornalista Mario Filho”, más conocido como Maracaná, precisamente el mismo que le vio encumbrarse al olimpo del fútbol mundial.


El 16 de julio de 1950, Maracaná albergaba desde las 10 de la mañana 250.000 almas para presenciar el último partido del Mundial Brasil’50. Por aquel entonces, no existía el formato de semifinales y final, sino que los cuatro semifinalistas (Suecia, España, Uruguay y Brasil) se medían en una liguilla a partido único para resolver el vencedor. El azar quiso que el último partido lo disputasen los dos mejores equipos del torneo, y del cual saldría el campeón del Mundo: Uruguay y la anfitriona Brasil.

A las 15.30 horas dio comienzo el encuentro ante un país enfervorizado que llevaba varios días festejando la más que segura victoria de la ‘canarinha’. Muchos periódicos tenían ya preparadas las portadas del día siguiente y las calles estaban predispuestas y adornadas con carrozas para recibir a los once héroes brasileños. Estaban previstos una serie de eventos (fuegos artificiales, grandes celebraciones, felicitaciones de los altos mandos de la nación...) y además, se iba a conceder un día de fiesta nacional por la consecución del campeonato del mundo.



Brasil vivía en un tremendo éxtasis. Una euforia que estalló por completo cuando a las 16:32, apenas comenzada la segunda mitad, Albino Friaca anotaba el primer gol de la final, poniendo a su selección con más de pie y medio en la cumbre mundial del fútbol. Así se llego al descanso.
Tras la reanudación, el equipo celeste, crecido gracias al aliento de su capitán, se volcó al ataque, y a falta de 23 minutos para el final del encuentro, ‘el Diablo’ Schiaffino, jugador del Peñarol de Montevideo, conjugaba con Alcides Ghiggia por la banda derecha y colaba el balón en la escuadra izquierda del arquero carioca, Moacyr Barbosa. 


Todo Maracaná, se sumió en un gran silencio, pero a los pocos segundos siguieron los cánticos y los festejos, porque Brasil, pese a agotar su margen de error seguía siendo campeona del Mundo. No obstante, 13 minutos más tarde, Ghiggia de nuevo, recibió el balón en la banda derecha, junto a la línea de cal y tras recorrer 40 metros sorteando jugadores amarillos, se plantó dentro del área. Barbosa, con la jugada del gol de Schiaffino aún en mente, se apresuró a tapar el más que posible pase de la muerte al nuevecarioca, tal y como había sucedido 13 minutos antes. Sin embargo, Ghiggia, prácticamente sin ángulo, ejecutó un milimétrico disparo entre el defensa local Bigode y el poste de Barbosa, sin que este pudiera hacer nada.



Barbosa fue el gran infectado. Fue señalado y humillado por todo su país. Brasil nunca le perdonó aquel último gol de la final, algo que le condenó de por vida. La vida de Barbosa se convirtió en un verdadero infierno de la noche a la mañana. Bastaba con que entrara a una panadería, para que todos los clientes huyeran como si hubieran visto a un fantasma. Sobre ésta y otras reacciones, Barbosa aseguraba que si no hubiera aprendido a contenerse cada vez que la gente le despreciaba, "habría terminado en la cárcel o en el cementerio". También recordaba el hecho más triste de su condena futbolística. “Fue una tarde de los años ochenta en un mercado. Me llamó la atención una señora que me señalaba mientras le decía en voz alta a su hijo: 'Mirá, ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil'".


Moacyr Barbosa trabajó durante más de veinte años en el lugar que le sepultó en el mundo futbolísico. Fue empleado en las oficinas de Maracaná, y de premio a su excelente labor y debido a que se acercaba una gran remodelación en el estadio, su jefe le ofreció los dos palos y el travesaño del fatídico arco que le mató en vida. Regalo que el portero no despreció. Convocó a sus amigos, y ante tanta expectativa creada, juntó un bidón de nafta y con un encendedor, prendió fuego a su simbólica “guillotina”. De esa forma el arquero pensó que eliminando a su testigo más cercano, podría exorcizarse del mote de “mufa” que le atribuyeron algunos, pero nada más lejos de la realidad.


En 1993 fue expulsado hostilmente (de manos del entonces segundo entrenador de Mario Zagallo), de una concentración de la selección brasileña, a donde Barbosa había acudido para desear suerte a los jugadores que luego ganarían el Mundial de USA´94. Poco antes de morir dijo desconsolado: “En Brasil, la pena mayor que establece la ley por un matar a alguien es de 30 años de cárcel. Hace casi cincuenta que yo pago por un crimen que no cometí y yo sigo encarcelado”. Otra frase que se le escuchó en sus últimos días fue: “No jugué yo sólo, éramos once”.
Barbosa falleció el 7 de abril del 2000, aislado y pobre. Quien fuera el mejor portero de su tiempo murió sólo. A su entierro asistieron a penas 50 personas, entre familiares y amigos, y no hubo ningún representante del fútbol carioca. Al día siguiente uno de los diarios más importantes de Brasil sintetizó la vida del guardameta en el título: “La Segunda Muerte de Barbosa”.


Fuente y fotos del blog: http://kexuak.blogspot.com